
Reflexiones en torno al primer conversatorio en Casa Yui
El pasado 17 de juio tuvimos nuestro primer encuentro de Tsunagu —"tejer" o "conectar" en japonés— en Casa Yui. Y fue precisamente eso: un tejido de miradas, preguntas y afectos.
Agradecemos profundamente a cada una de las personas que se acercaron a participar: amigos, colegas, personas vinculadas a las artes visuales que enriquecieron la conversación con sus perspectivas. Y un agradecimiento especial a Romina Resuche de Archivos y Activaciones, cuya presencia y aporte sumaron una capa fundamental a la reflexión colectiva.
Durante el encuentro, nos detuvimos en preguntas que suelen quedar afuera del discurso habitual sobre Japón. ¿Qué significa registrar? ¿Qué implica mirar un país, una cultura, una tradición, a través de una cámara o de un archivo?

El ojo situado: una reflexión desde la antropología social
Cuando nos asomamos a la obra de fotógrafos y cineastas sobre Japón, no estamos simplemente "viendo" un país. Estamos asistiendo a un acto de traducción cultural. Y como toda traducción, implica elecciones: qué se muestra, qué se omite, y a través de qué lente se mira.
El ojo del fotógrafo o del cineasta no es neutral. Es un ojo situado. Y en esa situación, podemos distinguir al menos dos grandes tradiciones de la mirada.
Por un lado, está lo que podríamos llamar la "mirada exotizante", muy propia del viajero occidental del siglo XIX y que pervive hasta hoy. Esa mirada que busca lo "insondable", lo "misterioso" o lo "inefable" de Oriente. El antropólogo Edward Said llamó a esto orientalismo: una forma de construir a Japón como lo absolutamente "Otro", donde la complejidad social se reduce a estereotipos estéticos: el samurái, la geisha, el ritual del té, los templos milenarios. En ese encuadre, Japón se convierte en un espejo donde Occidente proyecta sus propias nostalgias o sus miedos. Es una mirada que, aunque seductora, termina congelando la cultura en una postal.
Pero hay una segunda mirada, más cercana, que no busca lo espectacular sino lo cotidiano: el rostro cansado del trabajador en el metro, la habitación de un anciano en soledad, los márgenes que el gran relato del "Japón armónico" esconde. Es la mirada que se detiene en lo pequeño, en lo que no suele aparecer en las guías turísticas. Una mirada que no busca confirmar lo que ya esperamos ver, sino que se sorprende y se pregunta.
Como nikkei, habito esa tensión entre cercanía y distancia: veo gestos familiares, pero también ruidos que no termino de descifrar. Y quizás esa sea la posición más honesta desde la cual mirar: reconocer que siempre hay algo que se escapa, algo que no terminamos de comprender del todo. Y que eso no es un fracaso, sino la condición misma de todo encuentro cultural genuino.

La invitación a seguir tejiendo
Durante esta semana, las puertas de Casa Yui siguen abiertas para quienes quieran acercarse a ver las fotos y recorrer el archivo que compartimos en el conversatorio. Los esperamos para seguir conversando, para detenernos en esas imágenes y preguntarnos juntos qué nos dicen.
Pero esto no termina acá.
En octubre, tendremos un nuevo encuentro de Tsunagu. En esa ocasión, nos vamos a sumergir en un archivo muy especial vinculado al bunraku.
Para quienes no lo conozcan, el bunraku es el teatro de marionetas tradicional japonés, declarado Patrimonio Cultural Inmaterial por la UNESCO. Pero no es un teatro de marionetas cualquiera: combina tres artes en una —la narración (joruri), el acompañamiento musical con el shamisen y el manipulación de los títeres— y logra una expresividad que desafía cualquier idea de lo que un muñeco puede transmitir. Sus historias, muchas veces trágicas, exploran los conflictos entre el deber y el deseo, entre la lealtad y el amor.
Los esperamos para seguir tejiendo.
Casa Yui - Tsunagu
Tejiendo miradas, traduciendo mundos.
Archivo abierto durante la semana.
Próximo encuentro: octubre - Archivo Bunraku.
