La verdadera belleza suele esconderse en esos objetos comunes que tomamos con las manos y usamos día tras día. Yanagi Sōetsu lo descubrió hace casi un siglo. Para él, un grupo de élite de artistas podía producir objetos estéticamente agradables, pero eso, por sí solo, no hacía que el mundo que nos rodea fuera más bello. Muy por el contrario, si nuestro ideal es vivir en un mundo rodeado de cosas bellas, debemos elevar el nivel de los objetos ordinarios de nuestra vida diaria. Y la forma de lograrlo no es poner énfasis en la apariencia en detrimento de la utilidad.
Durante mucho tiempo, la artesanía utilitaria fue menospreciada como algo de rango inferior. Como resultado, nuestro sentido estético se ha visto gravemente dañado al tratar la belleza y la vida como reinos separados. La belleza dejó de ser vista como una parte indispensable de nuestro día a día. Confinar la belleza a la apreciación visual y excluir la belleza de los objetos prácticos ha demostrado ser un grave error del hombre moderno.
Cuando hablamos de cerámica, hablamos precisamente de ese encuentro. Ya sea excavando hacia el interior de un bloque de arcilla para que la forma emerja lentamente, o superponiendo y cortando capas de barro de distintos colores para que el diseño crezca en la propia masa, ambos caminos comparten un mismo punto de partida: el diálogo entre la mano y el material, y una paciencia que no tiene prisa por alcanzar la "perfección". Yanagi describía la belleza del arte popular como una belleza "sin yo", algo que fluye naturalmente cuando el artesano se abandona a la repetición diaria de su oficio. Hoy quizás nos cueste replicar del todo ese estado, pero todavía podemos volver a esa sencillez durante unos instantes mientras amasamos y cortamos: sin buscar la simetría, sin predeterminar el resultado, dejando que el temperamento del barro y la intuición de la mano decidan juntos la forma final de un cuenco.
El objeto se hace, y luego se usa. Contiene comida, va a la mesa, circula entre el fregadero y el armario. Quizás su borde no sea del todo regular o su esmalte no sea perfectamente uniforme, pero son justamente esas huellas de imperfección las que lo vuelven querido con el paso de los días. Esa es, quizás, la resonancia hoy de lo que Yanagi llamaba "la belleza del uso": un buen objeto cotidiano no necesita ser venerado en una vitrina; su mejor destino es ser sostenido una y otra vez por unas manos, hasta volverse una parte de la vida que ya no necesita ser nombrada.
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