En Japón, hay un sendero que los filósofos no pueden reclamar como propio, porque ellos mismos fueron moldeados por él. Es el Tetsugaku no Michi, el «Sendero del Filósofo», una angosta vereda de dos kilómetros que bordea un canal en Kioto, flanqueada por cerezos y templos centenarios .
Allí, entre 1910 y 1928, Nishida Kitarō —considerado el más grande filósofo japonés del siglo XX— caminaba a diario desde su casa hasta la Universidad Imperial de Kioto . No lo hacía por placer ni por ejercicio, sino como método de pensamiento.
Uno de sus discípulos recordaba que Nishida llegaba tarde a sus propias conferencias, subía al estrado, murmuraba algo en voz baja y luego comenzaba a caminar de un lado a otro mientras exponía. «Cuando se entusiasmaba con el tema se volvía completamente inconsciente de su ritmo, sus gestos y su expresión facial. Las palabras fluían de él como cargadas de electricidad» . Para sus estudiantes, escucharlo era como oír una gran pieza musical.
Nishida no fue el único. El escritor Nagai Kafū (1879-1959) paseaba por los callejones ocultos de Tokio con sus geta de madera, en días de lluvia, alejándose deliberadamente de las avenidas principales para perderse en los barrios bajos que aún guardaban los rastros del viejo Edo . Sus caminatas no eran turismo ni ejercicio; eran un acto de resistencia estética frente a la modernidad arrasadora. Sus crónicas, reunidas en Fair-Weather Geta («Clima despejado, sandalias de madera»), son un intento de fijar en palabras los matices de una ciudad que cambiaba demasiado rápido.
Kajii Motojirō llevó esta práctica a un extremo casi fisiológico. Para él, caminar era inseparable de la creación literaria: los tropiezos, las caídas, la respiración acelerada formaban parte del proceso de escritura . No se trataba de «inspiración» que llega de afuera, sino de pensar con el cuerpo.
¿Qué nos enseña esto sobre el diseño?
Hay una tentación moderna de creer que las buenas ideas nacen frente a una pantalla o encerradas en un taller. La tradición japonesa sugiere lo contrario: las ideas se tejen en el ritmo de las piernas y en la distracción del ojo.
Cuando caminamos sin destino, sin prisa, permitimos que el cuerpo habite el espacio de una manera diferente. La mirada baja, el ruido de las pisadas amortiguado por el suelo, el descubrimiento de un callejón que no conocíamos… todo eso activa lo que podríamos llamar «el ruido fértil del caminante»: asociaciones imprevistas, imágenes que se conectan sin permiso, materiales que antes pasaban desapercibidos y ahora piden ser utilizados.
El diseñador contemporáneo, como el filósofo o el poeta deambulante, necesita rituales de desplazamiento sin función para que las ideas se despejen solas y aparezcan nuevas conexiones en el horizonte de lo ya visto. El mapa de proveedores es útil y necesario, pero también lo es el mapa emocional, el que dibuja los afectos y los lugares donde algo se despertó sin que lo esperáramos.
El Sendero del Filósofo aún existe. No es solo un lugar en Kioto: es una actitud ante el trabajo creativo. Caminar como método, perderse como estrategia, habitar el territorio como forma de diseñar.
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